¿Nos vende el Papa religión? (por Pedro Antonio Honrubia Hurtado)


¿NOS ESTÁ EL PAPA VENDIENDO RELIGIÓN EN SUS DISCURSOS TEOLÓGICOS?

Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado (Rebelión)

Aunque ya han pasado algunas semanas desde que Benedicto XVI realizase sus polémicas declaraciones referidas a la relación establecida entre el Islam y la violencia, las repercusiones políticas y sociales de aquel hecho aún siguen coleando con fuerza, sobre todo a nivel de las relaciones interreligiosas en el interior de nuestras propias sociedades occidentales. Si la famosa caricatura de Mahoma ya sirviera en su momento para abrir, a modo de confrontación, una brecha política y social entre los valores del mundo musulmán y los valores propios de nuestra civilización occidental, las palabras del Papa han vuelto a reincidir en el daño causado por aquellos sucesos, agrandando, aparentemente, la dificultad para el entendimiento cultural entre unos y otros.

De poco han servido las posteriores explicaciones del Papa matizando el verdadero sentido de sus palabras, las disculpas pedidas por la posible ofensa ocasionada a la comunidad islámica o el llamamiento al diálogo interreligioso recientemente reclamado. El mensaje ya estaba emitido y, aunque no fuera ésta la intención del sumo pontífice, la confrontación entre las diferentes mentalidades de los receptores era ya un hecho evidente. Tanto en el mundo musulmán como en nuestras sociedades, políticos y periodistas, ciudadanos y clérigos, se volcaron en una campaña de ataques y defensas, réplicas y contra réplicas a las palabras del Papa, que recordaron a los peores momentos de la crisis de las caricaturas, reincidiendo, por tanto, en la idea de una confrontación de civilizaciones tan vitoreada por los radicales políticos y religiosos de uno y otro lado.

Sinceramente, resulta difícil creer que Benedicto XVI no hubiera previsto todo estos acontecimientos mientras elaboraba su discurso con total libertad y tranquilidad, ya que hasta el más inepto de los analistas políticos y religiosos podría hacerlo. En un escenario como el que tenemos en la actualidad en el mundo, cualquier mensaje de una autoridad representativa del mundo occidental sobre el Islam, ya sea política o religiosa, se sabe sobradamente que será analizado con lupa por los integrantes de aquella comunidad religiosa, lo cual implica que, sin abandonar nunca el sacro santo principio de la libertad de expresión, se han de medir mucho las palabras dichas sobre este tema si no se quiere generar un conflicto cultural y religioso del tipo del que hemos presenciado. Máxime si quien pronuncia esas palabras es la cabeza visible de la iglesia católica, a quien se le presupone una mesura y un afán de concordia que no tendría porqué darse en otro tipo de líderes de nuestra sociedad. Sin embargo, en esta ocasión, en contra de lo que resultaría lógico desde una perspectiva puramente teológica, ha sido el propio Papa quien, queriéndolo o no, ha azuzado el fuego de la confrontación interreligiosa, lo cual me induce a pensar que tras las declaraciones del Papa había algún otro tipo de intención que va más allá de lo estrictamente religioso.

En este artículo, no entraré a valorar los argumentos dados por el Papa en su discurso, ni haré, como tantos han hecho ya estas semanas atrás, una comparación entre el catolicismo y el Islam en lo que se refiere a los temas tratados por el Santo Padre en su argumentación en Alemania. Sin embargo, como no creo que tal mensaje haya sido lanzado inocentemente por Benedicto XVI sin haber pensado previamente en sus posibles consecuencias, creo necesario reflexionar sobre, precisamente, las consecuencias de sus palabras. Además, como tampoco creo que el Papa haya lanzado su mensaje sin ninguna finalidad, lo analizaré igualmente, cual agente de seguros que investiga un suceso, desde la perspectiva del posible beneficio que tales argumentos, así como sus posteriores consecuencias, han podido tener para la institución representada por el Santo Padre. Para ello qué mejor perspectiva que enmarcar el discurso del Papa en lo que diversos autores del siglo pasado han denominado como “economía religiosa” (Stark 1985) o “mercado religioso”. Esto quiere decir que en occidente, desde que la religión dejó de ser un elemento integrado en la esfera de lo público para convertirse en un componente de lo privado, las alternativas religiosas se han convertido en un verdadero producto de mercado, al cual han de llegar los potenciales clientes a través de sí mismos o del encuentro con los demás. Ya no existe una única religión ligada al estado que tenga el monopolio exclusivo en temas morales y la capacidad exclusiva -amparada por ley- de llegar a los sujetos de nuestras sociedades, si no que, desde su estricta libertad, es el sujeto quien escoge, reflexivamente o no, a cual religión abrazarse de entre las múltiples posibilidades que se le plantean a su alrededor, entre ellas la propia irreligiosidad. Esta situación se presenta en todo el mundo occidental, aunque es en los Estados Unidos donde se puede ver con mayor claridad, debido a la enorme cantidad de sectas y movimientos religiosos alternativos que funcionan en el interior de sus fronteras, algunas de ellas con una creciente importancia social tanto en el número de seguidores como en su implantación entre la comunidad en general. Es a esta situación de competitividad interreligiosa a lo que los autores contemporáneos han llamado “mercado religioso”, y es en esta situación, bajo este paradigma actual, donde debemos enmarcar las palabras de Benedicto XVI.

Sin duda, entrando ya en el análisis de las consecuencias de las palabras del Papa, aunque ha sido Benedicto XVI quien inició el enfrentamiento, ante los ojos del mundo occidental han vuelto a ser los musulmanes, con sus violentas formas, quienes se han llevado la peor parte en la sentencia popular del juicio. Una vez más miles de musulmanes de todo el mundo han salido a las calles para protestar violentamente por algo que en occidente “jamás” causaría semejante reacción, quemando banderas de nuestros estados “democráticos”, simulando la ejecución pública del Papa y amenazando con exterminar nuestra cultura en el nombre de Alá grande y todo poderoso. Frente a esta reacción, la iglesia católica, en un ejercicio de cinismo evidente, ha manejado un discurso mucho más moderado, con constantes llamamientos a la concordia y continuos argumentos sobre la irracionalidad de usar la violencia en nombre de Dios. De hecho, el propio discurso de Benedicto XVI que origina todo el conflicto es un llamamiento al abandono del uso de la violencia en nombre de Dios. Así pues, frente a la radicalidad del islamismo y los musulmanes, se nos hace llegar la idea de un catolicismo moderado y conciliador, amante de la paz y alejado de toda radicalidad religiosa. Un producto, sin duda, bastante atractivo para los potenciales clientes que andan perdidos sin rumbo decidido en el mercado de lo religioso que es nuestra actual civilización occidental.

Y es que la iglesia católica es cada vez más consciente de que el “mercado religioso”, la “economía religiosa”, llegará el momento en que deje de ser un concepto filosófico para convertirse en una absoluta realidad. Con el alejamiento entre iglesia y estado, así como por las presiones cada vez mayores del laicismo extremista, la financiación de la institución católica dependerá cada vez más de las aportaciones de sus propios miembros, y cada vez menos de las subvenciones y las ayudas públicas, hasta llegar a un punto en que sean exclusivamente sus propios integrantes quienes la sustenten. En este panorama cada miembro de la iglesia no solo es un devoto, si no que, además, es un cliente. Un cliente que paga a voluntad por un servicio espiritual y social que no siempre se corresponde con lo expuesto en el manual de calidad de la “empresa” que lo vende, pero un cliente al fin y al cabo. Así, desde esta perspectiva puramente mercantil, todos los esfuerzos que la iglesia haga para promocionarse entre los miembros de la sociedad occidental como un producto atractivo y de calidad serán recompensados en su balanza de cuentas en un futuro. De momento, en su campaña publicitaria ya ha conseguido que, en comparación con ella misma y a pesar de los pesares históricos, la gran mayoría de los ciudadanos occidentales veamos al Islam como una religión extremista y radicalizada, consecuentemente, como una alternativa poco atractiva para el consumidor religioso en general y que cuenta cada vez más con un creciente rechazo social entre los integrantes de la comunidad occidental. Además, sin duda, también influenciados por las campañas eclesiásticas y mediáticas, la imagen que de las sectas se tiene no hace falta si quiera explicarla ya que todo el mundo sabe sobradamente el contenido de negatividad que esta palabra contiene. Si a todo esto le sumamos que a las religiones orientales se las tacha de exóticas y se las ridiculiza continuamente en los medios de comunicación, especialmente en los medios católicos, nos da como resultado una revitalización mercantil del catolicismo que hace que nuestra sociedad occidental vuelva nuevamente su mirada hacia el Vaticano, tal vez como no lo había hecho desde hace varios siglos. Y todo esto a pesar de que en agosto del año 2005, en una conferencia en Colonia que cerraba las Jornadas Mundiales de la Juventud, fuera el propio Benedicto XVI quien criticase el uso mercantil que actualmente se hace de las religiones en Europa y pidiera a los jóvenes que no se hicieran una “religión a la carta”.

Pero la realidad es tozuda y el reciente acuerdo de financiación alcanzado entre el estado español y la iglesia así lo demuestra. De momento la iglesia española ya se ha preparado una campaña de concienciación social para que los ciudadanos, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes, marquen con una X en su próxima declaración de la renta la casilla donde se ha de indicar que una parte de sus impuestos vaya a parar a los dominios de la Santa casa. Un gesto donde los fines económicos y publicitarios son evidentes. Vista esta manera de actuar de la iglesia española absolutamente mercantil, ¿Quién nos puede asegurar que las palabras de Ratzinger en la Universidad alemana de Ratisbona no hayan sido más que una campaña de publicidad a gran escala para vender al mundo el catolicismo como un producto religioso seguro y fiable por el que los seres humanos, en especial los occidentales, hemos de apostar en caso de dubitación espiritual, con el lógico coste que, antes o después, la compra de un producto de este tipo representa?